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HIjo del medio: atrapado entre el mayor y el menor
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Ser el hijo del medio es una empresa nada fácil. Por muchos años se han atribuido características de personalidad y comportamiento típicos del hijo que está entre el mayor y el menor, y se han justificado muchos de sus rasgos debido a este ‘complejo lugar’ dentro de la familia.
Se dice, por ejemplo, que los hijos del medio son ‘difíciles’. ¿Por qué? Porque no tienen la atención que tuvo el primogénito ni tampoco la suerte de ser el más pequeño, y que por eso están en una constante competencia con el mayor y en una eterna lucha con el menor. Se dice también que son más extrovertidos, porque deben sacar a la luz todo su potencial para lucirse entre dos hermanos que brillan por el solo hecho de haber nacido al principio y al final.
Según investigaciones al respecto, viven en un esfuerzo eterno por complacer y agradar a sus padres, a los que creen encandilados por lo especial de sus otros hermanos. En algunos casos buscan llamar la atención de cualquier manera y se ganan fácilmente la etiqueta de “agotadores” y “demandantes”.
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Entre los celos y la competencia
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En las relaciones entre hermanos -llamadas en psicología ‘fratrías’- la llegada de un nuevo hermano modifica de golpe los privilegios y redistribuye las ventajas de los anteriores, sea cual sea su edad. Como dice el libro “Hermanos y hermanas. Una relación de amor y celos”, el nacimiento de un hermano o hermana casi siempre va acompañado de una reorganización en el funcionamiento de la familia: el hijo del medio debe vivir acostumbrado a que el mayor está escolarizado, que está más a cargo de su padre (es decir, es menos dependiente de la madre), que va a menudo a dormir a la casa de sus abuelos y, por otra parte, tiene que soportar -ya más en el plano psicológico- la idealización del último.
En este nuevo escenario familiar el hijo mediano puede encontrarse en una situación bastante incómoda, como indica Marcel Rufo. Compite abiertamente con su hermano más pequeño y muchas veces sufre el franco desprecio del más grande, del que a veces también se siente celoso. Para el hijo del medio esta composición familiar lo hace ser víctima de una especie de doble persecución, que lo sitúa justo en el medio de dos blancos, que modela su personalidad con ventajas y desventajas y que seguramente marcará su forma de ser desde niño a adulto.
“Por lo general, el hijo mediano se halla dividido entre dos tipos de complicidad que pueden transformarse de vez en cuando en rivalidad: se siente más cerca del pequeño, con el que intenta identificarse manifestando comportamientos regresivos, y desea establecer cierta complicidad con el mayor, al que aspira a parecerse. Quiere, por ejemplo, compartir juegos que todavía no son accesibles para él porque no sabe leer. Pide ir también al colegio, cuando todavía no es capaz de separarse de su osito ni unos minutos”, indica el autor.
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El del medio y el mayor
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A los hijos medianos que están perfectamente integrados a sus familias maternas y paternas, es decir, que se llevan bien con sus tíos y primos y que se sienten queridos por sus abuelos, les resulta más fácil sobrellevar la relación con sus hermanos mayores y menores en la niñez. Les cuesta menos enfrentar los problemas que sin duda tendrán con ellos, dificultades naturales y casi imposibles de evitar.
Una de ellas es la competencia por la madre. El hijo mayor es casi siempre idealizado al interior de la familia por sus capacidades intelectuales; es el primero en ir al colegio y sus padres viven con orgullo esa experiencia. Y aunque el padre también se muestra dichoso por los logros de su primogénito, el hijo del medio vive con mayor preocupación la idealización de la madre por el mayor, porque él está pasando o ha pasado por las fases edípicas y se siente desatendido por ella.
En general, los padres de los hijos medianos se quejan por su comportamiento. Estos niños son más agresivos a veces y buscan -mediante travesuras y actitudes rebeldes- llamar la atención al interior de la familia. En ocasiones son agresivos con sus compañeros de jardín infantil o de colegio, como una manera de manifestar los celos que les inspira el hermano mayor. Están conscientes que no tienen la capacidad física para enfrentarse al hermano más grande y les cuesta aceptar que el mayor evidencie, casi siempre, tantos rasgos de inteligencia. Cuando crezca, el hijo del medio obtendrá muy buenos resultados académicos, inspirado y motivado por el éxito que seguramente alcanzará en el colegio su hermano mayor.
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¿Frágil o fuerte?
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Según Marcel Rufo, el hermano mediano no tiene por qué ser especialmente frágil. Se trata de un antiguo hermano menor, que en la mayoría de los casos tiene una vida más fácil que el mayor. En este sentido, es el primogénito el que corre más riesgos dentro de una familia. Debe soportar la carga de todos los deseos y proyecciones de los padres y, en ocasiones, recae sobre sus hombros un pesado mandato transgeneracional.
A favor de los hijos del medio, la experiencia a la que se ven enfrentados los padres con el primero hijo, los hace volverse -con los siguientes- menos ambiciosos y exigentes y, en consecuencia, los retos no son tan fuertes para los hijos que vienen. A juicio del psiquiatra francés, los hijos menores (tanto los segundos, como los terceros o cuartos) suelen sentirse más cómodos en la vida y relativamente serenos en su desarrollo.
El hijo del medio, como asegura este especialista, “sufre menos la presión de los padres, que están más pendientes del éxito del mayor y de la crianza del último. Así, no se siente frustrado en absoluto cuando, al finalizar la jornada, se encuentra sólo delante del televisor mientras el papá baña al bebé y la mamá hace leer al mayor”.
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Fuente: artículo publicado en Revista PadresOk, abril de 2005.
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